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jueves, 15 de febrero de 2018

Vaiana - Ron Clements, John Musker


Vaiana es uno de los Clásicos Disney que se estrenaron en 2016, junto a Zootrópolis, con la que se batió tanto en los Oscar como en los Annie de 2017, siendo derrotada por esta en ambas ocasiones.

© 2016 Disney

Maui, un semidiós cambiaformas y maravilloso navegante, le roba el corazón, una piedra mágica, a la diosa Te Fiti para darles a los humanos la capacidad de crear. La diosa desaparece entonces y el demonio Te Kā intenta conseguir la piedra pero hace que tanto esta como el anzuelo mágico de Maui acaben en el fondo del mar. La naturaleza de los archipiélagos polinesios empieza lentamente a corromperse, y mil años después, Moana, hija del jefe de una tribu, es elegida para devolver la piedra a Te Fiti y emprende su aventura, lo que la llevará a surcar los mares, reclutar a Maui y enfrentarse a Te Kā para devolver a Te Fiti su corazón.
Una princesa aventurera
Vaiana es una historia bastante en la línea del Disney de los 90: llena de aventuras, acción, paisajes y animación increíbles (aunque en 3D, claro, excepto por las tatuajes de Maui), personajes a los que resulta fácil coger cariño (aunque alguno sea un poco repetitivo de más, como el gallo HeiHei) y una carismática banda sonora quizá algo afeada por ciertas torpezas. Además, siguiendo la estela de Frozen, han creado una princesa fuerte (una hija de jefe de tribu, en realidad; aunque la propia película se ríe de esto) que no necesita que nadie la salve.

No necesito que me salve medio. Y menos un semidiós con unos tatuajes mucho más resolutivos que él, ¿capisci?
© 2016 - Walt Disney Studios Motion Pictures

Moana: Okay, first, I am not a princess. I'm the daughter of the chief.
Maui: Same difference.
Moana: No.
Maui: If you wear a dress, and have an animal sidekick, you're a princess.

El trabajo visual
La aventura en sí es bastante prototípica, pero el apabullante trabajo visual hace que todo merezca la pena. El nivel de detalle de los escenarios es asombroso hasta para un buque insignia de Disney, el diseño de los personajes es excelente, como siempre; con esas melenas que ondean con naturalidad o los tatuajes de Maui; y, además, está el mar. El océano de Vaiana es una preciosidad, con sus colores, la espuma, las olas…

Giant Crab to Demigod
Giant crab to Demigod 
Take your magic hook
and use its powers now
© 2016 Walt Disney Animation Studios

La animación también es soberbia, y los movimientos del fulgurante y agresivo Te Kā, de ese brillante cangrejo Tamatoa (que tiene una canción, Shiny, con fuertes influencias de David Bowie, con quien también comparte ojos), así como las transformaciones de Maui y los detalles de Moana, como los pies y el pelo, son magníficos. Cabe destacar también el trabajo de animación de la horda de piratas coco. La escena es cansina, no aporta nada y el diseño de estos monstruitos parece servir poco más que para vender juguetes, pero cada plano consta de un sinfín de esas pequeñas y agresivas bolitas piratiles.
El trabajo musical
Parte de mi interés por las películas Disney se debe a que muchas de ellas son musicales. Me gustan mucho las bandas sonoras épicas de Star Wars o el tono de cuento de la de Moonrise Kingdom, pero siempre me ha encantado el género musical, y eso Disney lo domina bien, como atestiguan Blancanieves, El libro de la selva, Aladdin, La bella y la bestia, Mulán o Frozen; así que me llevé una agradable sorpresa cuando sonó la primera canción.

Ni es huérfana, ni su familia se está muriendo ni nada. Moana no respeta nada de nada las tradiciones.
© 2016 Walt Disney Animation Studios

Vaiana es una película llena de canciones que mezclan el toque Broadway típico de Disney con una gama de sonidos del Pacífico sur con el que evocan la Polinesia. El resultado es, en general, muy bueno: suena genial, tiene ritmo y la influencia tribal desborda carisma. No obstante, hay alguna que otra canción en la que ocasionalmente parecen sobrar sílabas. Los versos llevan un ritmo y, de pronto, hay un verso con el fondo de otro pero en el que llaman la atención media docena de sílabas de más, generando un efecto bastante tosco similar al de los versos apurados de Mägo de Oz; a esos versos en los que el texto es demasiado largo pero debe entrar sí o sí.

Además, alguna canción, aunque sean buenas, se hacen un poco larga. Tanto You’re welcome, de Maui, como Shiny!, de Tamatoa, parecían embarcadas en un ciclo sin fin de estribillos. Son buenas canciones, pero creo que lucirían mejor con alguna repetición menos.
De Moana, Vaiana
El título original de la película es Moana, como el nombre de la joven heroína; pero en muchos países europeos se tituló Vaiana porque el nombre ya estaba registrado por la perfumería CASA MARGOT para uno de sus productos. En este artículo de Verne podéis encontrar este y unos cuantos productos más que cambiaron de nombre al llegar a España.


A la chavala del remo se le ha ido un poco la olla con su colección de Funkos.
© 2016 Walt Disney Animation Studios

Conclusión
Vaiana es una correcta película de aventuras elevada, sobre todo, por su impecable factura; probablemente la mejor que Disney ha producido en 3D. Sigo añorando la animación tradicional, pero con este nivel admito que la añoro un poco menos.

viernes, 9 de febrero de 2018

Dark (Temporada 1) - Baran bo Odar, Jantje Friese

Se trata de la primera serie en alemán que produce Netflix, un thriller sobrenatural sobre unos niños que desaparecen sin dejar rastro y de otros cuyos cuerpos aparecen con extrañas quemaduras en la zona de los ojos.




¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué?
La historia comienza en 2019 con el suicidio de Michael Kahnwald, quien dejó una nota de suicidio en cuyo sobre solicitaba que no se abra hasta el 4 de noviembre. Su hijo ha pasado meses recibiendo atención psiquiátrica y ahora vuelve al instituto. Poco antes de esto, Erik Obendorf desapareció un día sin dejar rastro, y Ulrich Nielsen, cuyo hermano Mads desapareció en 1986 en similares circunstancias, es asignado a la investigación del caso. Y todo empieza a liarse.

Jonas y su chubasquero amarillo.
Photo by Julia Terjung/Netflix

El problema de las historias que no se cuentan cronológicamente es que resultan algo farragosas de entrada, cuesta situarse en ellas. Cuando no se cuentan cronológicamente y hay viajes en el tiempo, el resultado es confuso de forma casi inevitable. Dark es confusa.

La serie tiene muchos personajes y algunos de ellos no son fáciles de distinguir al primer vistazo, hasta que nos acostumbramos a ellos. El hecho de que luego aparezcan los personajes de 1986 y, más tarde aún, los de 1953, tampoco ayuda. Dark es liosa, tiene un montón de personajes y a muchos de ellos los interpretan varios actores. A esto unimos los viajes en el tiempo y se convierte en un caos.


Ser detective debe de ser complicado, pero serlo en una trama con viajes en el tiempo debe de ser, si me disculpáis, un mierdón.
No es Stranger Things
A menudo se compara a Dark con Stranger Things, pero en realidad tienen poco que ver. Hay un factor sobrenatural importante y hay adolescentes y policías, sí, que podríamos decir que ya es bastante; pero la serie alemana juega a otra cosa, quizá con un tono más heredero del Twin Peaks original que de la serie de Eleven y el Demogorgon.

Dark no tiene prisa, ni ganas de camelarnos con escenas de acción, ni con guiños a obras de los 80 (aunque se podría sacar alguno, ¿no es el chubasquero de Jonas un guiño a It?) ni con diálogos ágiles, chispeantes y divertidos. Dark solo quiere contar su historia y deleitar al espectador con una factura impecable: una atmósfera cargada y agobiante, con una de las lluvias más constantes, agresivas y bonitas que he visto en pantalla; un elegante juego de colores en el que detalles intensos destacan sobre fondos apagados; y una estupenda banda sonora de música alemana en la que a veces, como en el tema Goodbye de los créditos de apertura, sorprenden unos graves muy poderosos.


Si es que con lo que llueve en Dark y los frenos de los años 50…
Photo by Julia Terjung/Netflix
Conclusión
Dark merece la pena. Las historias con viajes en el tiempo suelen ser tramposas, más humo y espejos que chicha, y puede que a la serie de Baran bo Odar y Jantje Friese también le pase; pero el reparto, el tono y su soberbia factura compensan cualquier carencia de originalidad o claridad expositiva. Es un producto muy disfrutable.


martes, 6 de febrero de 2018

Godless - Scott Frank

Esta fue una de las series que se estrenaban en 2017 a la que más ganas le tenía. La premisa, lo que se podía ver de la puesta en escena y la, en general, buena factura de Netflix me parecían muy tentadoras; pero Godless llegó a finales de noviembre y, con muchos deberes seriéfilos pendientes, no encontré el momento de ponerme con ella hasta un par de meses después.

Las mujeres de La Belle

Frank Griffin (Jeff Daniels) es un sanguinario forajido que acaba de perder un brazo frente a su antiguo pupilo, Roy Goode (Jack O’Connell), al que considera un hijo. Este, huyendo, llega al rancho de Alice Fletcher (Michelle Dockery) en las afueras de La Belle; pero sabe que Griffin no cejará hasta encontrarlo.


Roy (Jack O'Connell) y Alice (Michelle Dockery).
Photo by Ursula Coyote/Netflix

La Belle es un pueblo construido a raíz de una explotación minera cercana que, tras un accidente en la mina que acabó con casi todos los hombres del pueblo, empezó a ser dirigido por las viudas. Ahora, con un renovado interés empresarial, llegan los representantes de la Quicksilver Mining Company para negociar con ellas.

El bueno, el guapo y el malo.

Godless, pese a lo que pueda parecer por cómo se anunció y por los valores que destacaron de ella en prensa, es una historia centrada en la batalla que enfrenta al despiadado y abyecto forajido Frank con el rebelde, pero ahora bien intencionado, Roy Goode y con el sheriff de La Belle, Bill McNue (Scoot McNairy), un antaño brillante pistolero.

Bill (Scoot McNairy)
Photo by Ursula Coyote/Netflix


La historia principal no es demasiado innovadora, recurre a fórmulas mil veces pisadas y que sabe que funcionan. A lo largo de siete horas y media de calmada exposición, en la que se detallan las pulidas facetas de este trío y de algún personaje más, como Alice y Mary Agnes (Merritt Wever), nos encontramos con viejos conocidos del cine del oeste: paisajes llenos de fuerza, el humo y las cenizas de los pueblos incendiados, el retumbar de los cascos de los caballos, tiroteos y lo que, a falta de un término mejor, podríamos llamar «miraditas de vaquero». Todo funciona, pero nada sabe a nuevo, nada tiene el olor de la sorpresa ni, mucho menos, el asombro.

Ritmo y aspectos técnicos

Que más de la mitad de los episodios excedan los 70 minutos es una jugada arriesgada. La mayor parte de ellos, pese a cuidar los diálogos, la puesta en escena, los paisajes, la fotografía y el montaje; se hacen largos. Pero largos largos.

Frank (Jeff Daniels)
Photo by Ursula Coyote/Netflix

La serie, escrita por Scott Frank (nominado dos veces al Oscar por los guiones de Un romance muy peligroso y Logan), se toma toda la calma del mundo y a veces consigue explotar ese tiempo para profundizar en los personajes, para dejar que reposemos la vista sobre las llanuras o para llevarnos de la mano a través de la cortina de humo y cenizas de los edificios en llamas. Pero, como sucede a menudo con el grupo de la Quicksilver Mining Company, a veces los capítulos parecen dar vueltas innecesarias a unas ideas sin la entidad suficiente para sustentar el metraje que ocupan, o desaprovechan los personajes y situaciones que usan. El final, previsible hasta las trancas, aunque no por ello malo, parece posponerse inútilmente gran parte de la serie, lo que ahoga gran parte de la tensión que podría generar.

Welcome to no man’s land

Comenté esto en twitter después de ver el primer episodio, pero me reafirmo tras haber terminado la serie. Anunciar Godless con ese lema es, como mínimo, curioso. Pero el resto de la campaña publicitaria, que destacaba que nos encontrábamos ante un western feminista y empoderante, es casi una burla al espectador.

Cartel promocional.

En principio, ese pueblo casi sin hombres debería ser el medio de cultivo perfecto para escribir una serie con un montón de personajes femeninos potentes, pero la verdad es que hay pocas mujeres que podamos decir que son importantes. Hay muchas mujeres, sí, pero la mayor parte van a la deriva según la historia las necesite hasta la evidente escena final, en la que la mayor parte de ellas siguen sin hacer gran cosa.

Había leído que esto mejoraba con el paso de los capítulos y que las mujeres eran el verdadero protagonista de Godless, porque era de las que dependía todo; pero creo que manejamos conceptos distintos de lo que significa ser protagonista. El protagonista de Teléfono rojo no es la bomba, de la que depende todo; y el de Godless no son las mujeres.
Mary Agnes (Merrit Wever) y Alice (Michelle Dockery)
Photo by James Minchin/Netflix

Hay alguna mujer protagonista, como Alice y Mary Agnes, y alguna otra tiene momentos de cierto protagonismo, como Iyovi, Louise, Martha, Sarah o Charlotte; pero la trama principal es el duelo entre dos hombres, Frank y Roy; y las subtramas más tensas para el pueblo las llevan el sheriff y Ed Logan (Kim Coates). Godless es una serie cuyas líneas maestras conservarían casi todo el sentido eliminado a la mayor parte de las mujeres y que, en cambio, se resentirían quitando a casi cualquiera de sus hombres. Creo que vender la serie como un western feminista y empoderante fue publicidad engañosa, aunque, desde luego, los medios no parecen pensar lo mismo.

Conclusión

Godless es una serie con un aspecto impecable, fiel a fórmulas bien conocidas del western y poblada por unos cuantos personajes interesantes y bien pulidos; pero también tiene personajes que aportan poco y alguno que no aporta nada, y algunas líneas que parece que solo rellenan metraje.

En general es una buena serie; pero deja la sensación de que debería ser mejor. Encima, si os acercáis a ella por su campaña sobre un western feminista y empoderante, puede que os llevéis un chasco de narices. Godless es buena serie, sí, pero no es la serie que nos vendieron.

martes, 30 de enero de 2018

Tres anuncios en las afueras - Martin McDonagh


Este fin de semana decidí superar mi fobia a las salas de cine (al resto del público, en realidad) para ir a ver Tres anuncios en las afueras, de Martin McDonagh (Escondidos en Brujas, Siete psicópatas), una película que ya se ha llevado unos cuantos premios (mejor drama en los Globos de Oro, premio del público en el TIFF, mejor reparto en los SAG…). La experiencia fue estupenda. Desconozco si se trata de una justa ganadora, porque he visto muy pocos de los filmes que suenan para premios; pero, sin duda, se trata de un buen producto.




Hace-space: pre; meses en Ebbing, Missouri, una chiquilla fue violada y asesinada; pero la policía no ha conseguido encontrar ningún indicio. Mildred (Frances McDormand), madre de la joven, alquila tres vallas publicitarias a las afueras del pueblo para imprimir unos carteles con los que llamar la atención de los, en su opinión, incompetentes policías.

En busca de la justicia

En Tres anuncios en las afueras se baila mucho en torno a la idea de la justicia. Mildred considera que la policía le debe la resolución del caso. Es muy explícita desde el principio y los mensajes que pone en los carteles eliminan cualquier duda: «RAPED WHILE DYING», «AND STILL NO ARRESTS?», «HOW COME, CHIEF WILLOUGHBY?».

Photo by 1996-98 AccuSoft Inc., All right reserved

El jefe de policía Willoughby (
Woody Harrelson) simpatiza con Mildred y desea coger a los culpables, pero también sabe que la ley tiene sus procesos y exigencias. El ataque que le dirigen desde las vallas es injusto con su persona, pero al mismo tiempo comprensible. Persigue lo bueno, lo justo, sin preocuparse de los daños colaterales y las pequeñas injusticias.


Por último tenemos al agente Jason Dixon (Sam Rockwell), un policía violento, machista y racista; un matón callejero con placa, pistola y porra; quien en su obsesión de resolver los casos como sea, también es un perseguidor absoluto de la justicia. En cierto modo es la personificación sucia (gracias a todo eso que tiene de malo) de Mildred. Ella está dispuesta a daños colaterales en su búsqueda de la justicia, y Dixon… bueno, él está dispuesto a muchos más daños colaterales. A todos ellos.


Estos personajes, los más importantes de la película, comparten esa búsqueda, aunque no lo sepan y, a veces, no puedan verlo. El texto de McDonagh, bien pensado y construido, aprovecha esta ideas para acercarlos y alejarlos a conveniencia, de un modo orgánico, vivo en el que las agudas y emponzoñadas réplicas de sus diálogos encajan como anillo al dedo.

McDonagh en estado puro

Aunque a priori pueda parecer que Tres anuncios en las afueras está lejos de los otros dos largometrajes de su director, en realidad no lo está tanto. Puede que esté, de hecho, demasiado cerca: hay una violencia no muy constante pero bastante explícita, un tipo de tensión particular muy del gusto de McDonagh, que combina lo triste y lo divertido y unos diálogos típicos de él, sorprendentemente ágiles, bien medidos, de réplica rápida y desbordantes de humor negro y tacos. Puede parecer que no es el estilo más apropiado, pero, sin duda, le sientan genial a la cinta. Es un ingrediente que su director sabe explotar muy bien.




La película avanza imparable a través de tres actos bien definidos, que consiguen mantener el ritmo y el interés sin caídas. La historia se desarrolla con unos nudos claros que conducen la trama sin divagar, sin detenerse y sin dar, en general, la impresión de ser trucos artificiales, aunque puede que el del incendio durante la lectura de la carta lo sea un poco: se usa para provocar un cambio en un personaje y tanto el efecto como el método son algo exagerados, quizá respondiendo más a la necesidad de ese cambio que a la mera lógica narrativa.

Delante y detrás de las cámaras

Delante de las cámaras nos encontramos con una siempre fantástica Frances McDormand al frente del reparto, dando vida a esa vengativa Mildred que libra una cruzada en busca de justicia con las herramientas de las que dispone; y un intachable Woody Harrelson encarnando al simpático, frustrado pero encantador jefe Willoughby. El apartado actoral de la película ya podría resistir las más inclementes tempestades de la queja; pero, además, está Sam Rockwell. Dixon es el personaje más completo, el que tiene el viaje más largo… y Rockwell lo da todo del primer minuto al último, en una interpretación que para muchos, incluidos los miembros del Sindicato de actores, es de lo más destacable del año.



No obstante, aunque el desempeño de los actores sea de lo que más se está hablando, el trabajo detrás de las cámaras también es estupendo: McDonagh firma un guión sólido y lo filma con una agilidad realzada por el eficaz montaje de John Gregory, que ya había montado Escondidos en Brujas y que fue también montador de La carretera o de Cuatro bodas y un funeral (es lo que tiene llevar casi 40 años dedicado a esto) y la elegante fotografía, que exprime la oscura tensión de todo, a cargo de Ben Davis, quien ya había ocupado este rol en Siete psicópatas y cuyos trabajos recientes incluyen las marvelianas Guardianes de la galaxia, Vengadores: la era de Ultrón y Doctor Extraño. Además, el apartado musical a cargo de Carter Burwell, que siempre ha sido el compositor en las películas de McDonagh y en casi todas las de los Coen; encaja como un guante y refuerza la experiencia con un sonido de influencias country y blues con algún motivo muy reconocible.

Conclusión

Tres anuncios en las afueras es una película ágil, entretenida, divertida a pesar de su drama, su tensión y su violencia; una especie de versión acelerada y frenética del cine negro de los Coen, un punto que McDonagh domina como nadie. Y, encima, tiene un fantástico envoltorio audiovisual y un reparto excepcional.

jueves, 7 de diciembre de 2017

It - Stephen King


Corre el año 1958 y en Derry algo (llamémoslo «Eso») se dedica a matar niños. Hay cuerpos descuartizados y la población está aterrorizada. En este contexto conocemos a «los perdedores», un grupo de amigos que intenta sobrevivir a los matones del colegio y a lo que sea que está matando niños.


Corre el año 1985 y algo se dedica otra vez a cazar niños. Y siete adultos vuelven a Derry para enfrentarse otra vez con Eso. Porque prometieron cuando eran niños que así lo harían: volverán a enfrentarse al terror y, esta vez, acabarán con él de una vez por todas.

«Sé leal, sé valiente, aguanta. El resto es oscuridad.»


A lo largo de 1500 páginas seguimos las aventuras de este grupo de amigos en esas dos épocas; pero «It» no va tanto del enfrentamiento con Eso como de todo lo que rodea a este. En el Derry de 1958 se hace mucho más hincapié en los problemas de los niños, en cómo se forja una amistad y en cómo se lidia con la pérdida o con un padre violento que con el monstruo. Del mismo modo, en el Derry de 1985 hay un mayor esfuerzo por hablar de las promesas, de una visión adulta de la amistad, de la lealtad y del amor que de la lucha contra el monstruo. Pero Eso es la causa y el motor de todo. Cuanto pasa tiene la sombra del monstruoso payaso de fondo… y a veces no tan de fondo.


En sus páginas nos encontramos muchas cosas, pero sobre todo nos encontramos el mar de paja, el océano de paja, el universo de paja con que Stephen King llena It: con anotaciones sobre el amigo del amigo de tal personaje y sobre el ejército en los años 30. Esto, que no es malo en sí mismo, se hace malo cuando no aporta nada a la novela ni consigue ayudar a definir a los personajes. Una gran parte de It parece figurar en la novela solo por el placer de hacerlo, por el lujo de hinchar el número de páginas.


El libro contiene muchos elementos típicos del buen Stephen King: el ritmo despiadado de algunos pasajes, la comodidad con la que se leen las páginas, de prosa sencilla; el trato de la violencia, los monstruos, Maine, un personaje escritor y determinados valores como la amistad y la lealtad. El grupo de amigos es ka-tet, o casi, y Bev es, en general, una pistolera. Todo eso es bueno. Pero la novela también tiene muchos elementos típicos del mal Stephen King: el material que apenas aporta nada, las escenas de sexo escabroso un poco metidas a presión, esas frases repetidas que parece que deberían quedar bien pero que a veces quedan un poco de discurso facilón de película de Nolan (ups, perdón), etc.

It se deja leer con cierta gracia, pero no entiendo qué magia desata en esos fans abnegados que la consideran una obra maestra del género y uno de los mejores ejemplos de la narrativa del señor King, quien sin duda ha entregado escritos más redondos. En esta ocasión cumple, y por momentos entretiene, pero no llena.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La rebelión de Atlas - Ayn Rand


A caballo entre el tratado filosófico y el panfleto propagandístico, con carne de novela romántica y hueso de distopía económica, más movida por el deseo de la autora de evidenciar su visión de las cosas que por la lógica interna, La rebelión de Atlas es la cuarta y última novela de Ayn Rand, y la obra de ficción en que de forma más detallada expone su filosofía objetivista.





Conocía las ideas de Rand por encima y nunca me habían despertado demasiadas simpatías, pero, por las insistentes recomendaciones de unos cuantos conocidos, decidí leer Atlas confiando en la capacidad de Rand para mostrar una situación, dar vida a unos personajes, construir una historia y presentar sus ideas; y me dispuse a disfrutar de una historia de genios empresariales explotados por la malvada redistribución pública intentando olvidar que la autora hablaba en serio.

Argumento y desarrollo

Este apartado contiene muchos spoilers. Si estáis interesados en leer la obra, quizá deberíais obviarlo; si no pensáis leerla o si ya lo habéis hecho y queréis un recordatorio, puede seros útil.


Atlas se articula en tres bloques de diez capítulos cada uno, a lo largo de los cuales seguimos a Dagny Taggart, vicepresidenta de operaciones y verdadera cabeza pensante de la empresa ferroviaria Taggart Transcontinental, mientras el mundo que conoce colapsa a su alrededor.

No Contradicción

En el primer bloque descubrimos esos Estados Unidos ficticios que tanto temen los héroes de Rand, con un gobierno mucho más controlador del mercado. El escenario es pesimista, acorde a las ideas de la autora: las industrias fallan, la situación económica se agrava lenta pero inexorablemente y la clase política (a la que tacha de saqueadores y parásitos) solo empeora todo. En esa situación conocemos a Dagny y descubrimos que es la persona que tiene que sacar las castañas del fuego y aprovechar los recursos a su disposición para mantener Taggart Transcontinental, una de las grandes empresas de transporte ferroviario, a flote, ante la inutilidad del director general de la empresa, su hermano Jim, de tendencias socialistas. En plena crisis de producción de acero, y ante la necesidad de seguir tendiendo vías, Dagny toma la decisión de hacerlo con un nuevo metal, una aleación obra de Hank Rearden, un reputado fabricante de acero, y así inaugura la línea Río Norte, también llamada John Galt, un nombre del que ya hablaremos.





Esa línea le da alas a Taggart Transcontinental, empiezan a hacerse con un porcentaje demasiado grande del mercado y cada vez adquieren más metal Rearden, cuyo dueño, por haber invertido en su material cuando nadie osaba hacerlo, les reserva un trato de favor. Los empresarios más pequeños empiezan a quejarse porque no tienen forma de acceder al pastel y el gobierno toma medidas. Y como es el gobierno, y esta es una novela de Ayn Rand, las medidas tomadas destruyen a esos pequeños empresarios que al principio son dichosos en la abundancia de ese metal al que acceden gracias a decretazos; pero que pronto, ante la incapacidad de esas pequeñas empresas para hacer frente a las necesidades de las grandes (porque las empresas pequeñas lo son por la incapacidad de hacer cosas a lo grande), empiezan a hacer que los gigantes se tambaleen y caigan, viéndose arrastradas con ellas. Un nuevo destrozo de la injerencia pública.


En esta parte ya se nos habla del trío de ases conformado por los mejores alumnos de Hugh Akston, el filósofo más prestigioso de la actualidad: Francisco d’Anconia, el amigo de Dagny dedicado a la extracción de cobre; Ragnar, el pirata (de los de parche en el ojo y pata de palo, solo que en vikingo buenorro intacto, true story) y otro del que no se da el nombre. Es una gente de la que ya hablaremos más adelante, pero no quería referirme en la sinopsis a Ragnar, el pirata, sin que supieseis de dónde salía.

Tercero excluido

En este segundo bloque asistimos a cómo ese lento proceso de destrucción se va acelerando poco a poco, a cómo cae una empresa tras otra y a cómo los políticos intentan repartir la riqueza según la necesidad (aunque en realidad lo hacen en base a amiguismos) con desastroso resultado.


Dagny Taggart y Hank Rearden inician una relación amorosa. Él está casado, pero ellos se aman desde la inteligencia (no parece que la autora encuentre las mejores palabras para expresarlo, pero ya hablaremos de cómo está escrita la novela y, en concreto, los romances) e inician una relación secreta. Así, mientras comparten sus éxitos y sus ambiciones, en uno de los Deus ex machina más increíbles que recuerdo, se encuentran un motor medio deshecho cuya documentación (que también estaba allí) indica que transforma la electricidad estática en dinámica, lo que podría solventar el problema energético del mundo, por lo que localizan y contratan a un brillante ingeniero que intente entenderlo y reconstruirlo.


En esta parte se desarrolla también un triángulo amoroso bastante tedioso. Dagny ama a Hank Rearden, pero siempre ha estado colada por Francisco d’Anconia, y ahora existe cierta rivalidad menor entre estos dos, porque d’Anconia es muy inteligente y sospecha algo, lo que desemboca en algunos diálogos que es mejor olvidar.


Puente hecho con metal Rearden, en la adaptación cinematográfica de 2011.
© 2011 20th Century Fox Home Entertainment. All Rights Reserved.


Cuando ya parece que esta parte no puede empeorar, Dagny descubre que su brillante ingeniero, muy cerca ya de desvelar el gran misterio, ha decidido renunciar a su intento para no regalar el motor a los saqueadores. Dagny consigue hacerle prometer que esperará a hablar con ella y coge un avión para verlo, pero cuando llega al aeropuerto le dicen que es imposible, que la persona con la que quiere hablar acaba de despegar. Y entonces, porque resulta que Dagny es también una avezada piloto de aviones (lo mismo que una fantástica encontradora de motores mágicos), se pone a los mandos de un avión para perseguir al que se aleja con su ingeniero. Esta persecución la lleva a través de las Rocosas, donde el perseguido empieza a descender y desaparece de pronto. Dagny, sabiendo que hay algún truco, decide emular sus movimientos, pero algo sale mal y tiene que realizar un accidentado aterrizaje de emergencia con poca visibilidad.

A es A

Dagny descubre así la Atlántida, la ciudad escondida tras una ilusión electromagnética que acoge a las grandes mentes desaparecidas del país: el mejor extractor de petróleo, el creador del motor mágico, el mejor compositor… En esta utopía liberal nos encontramos una nula intervención del gobierno y todo va como la seda. Todo el mundo es bueno y está obsesionado con su trabajo y contribuye como puede a la sociedad de estos atlantes cuya economía se basa en el intercambio de discos de oro y de plata, porque están obsesionados por los valores objetivos y consideran que esos materiales lo son.


Dagny es rescatada por (¡toma ya!) el inventor del motor, un hermoso rubio llamado que, en un nuevo alarde de la casualidad más rocambolesca, ¡es John Galt!, y le informa de que hay una cuenta con su nombre en el banco atlante con todo lo que la administración le robó, y que el pirata Ragnar recolectó en sus campañas, porque los atlantes siempre confiaron en que ella se uniese a su causa.


El tema es que Dagny se enamora de Galt y Francisco se lo toma muy bien, porque lo lógico es ser egoísta y está bien que Dagny se haya enamorado de Galt, que es su amigo y es inteligente y bueno (buen liberal, vaya; ¡el mejor!). Todos tan amigos. Dagny, para pagar su deuda, se ofrece a ser un mes la criada de Galt, pero pasado ese tiempo, cuando debe decidir si unirse a la secta de los atlantes o volver al mundo corrupto y podrido de los socialistas, y aunque se sienten muy atraídos el uno por el otro, elige regresar a la sociedad estadounidense para intentar arreglarla, porque cree que puede.


Spoiler alert: no puede. Los burócratas deciden jugarle una encerrona y amenazan con desvelar que era la amante de Rearden si no da un mensaje de calma a la nación, y ella accede a hablar en la radio pero decide informar a la gente de la han intentado chantajear, que fue la amante de Rearden, que está muy contenta de ello y que no va a engañarles. Rearden, por cierto, también se toma muy bien que se haya enamorado de Galt.


Dagny se reencuentra con su amado en las instalaciones Taggart y descubre que lleva muchos años trabajando para ella sin llamar la atención, enamorado de ella, espiándola a través de las rejas (muy poco creepy), pero que cuando se conocieron se hizo el difícil, el frío racional objetivista. Mientras, las jugarretas de los políticos siguen y la cada vez mayor injerencia acaba por desatar el caos. Al final, fruto de los intentos del gobierno por desestabilizar a las piezas más fuertes de la economía, Metales Rearden colapsa. Unos secuaces de los saqueadores intentan matar al dueño, pero D’Anconia (que durante muchos meses ha sido en secreto su jefe de hornos —disculpadme, ya perdí la cuenta de cuántos Deus ex machina van) lo salva a tiro limpio, como un Batman de la siderurgia, y lo convence de irse a la Atlántida. Ya solo queda Dagny, feliz de que todos los hombres que ha amado sean amiguitos y se hayan ido a la Atlántida, donde se los valorará por su inteligencia, aunque en el fondo espera que John Galt siga velando por ella en el rudo mundo exterior.


 CC BY-SA 3.0 Holger.Ellgard - Own Work (2009). 


Un día la convocan a un nuevo programa de radio para asesorar a los participantes, pero Galt toma las ondas y se marca una parrafada a lo largo de más de 70 páginas de novela (¡70 páginas! Insisto por si lo autocorregisteis a «7») explicando por qué los oyentes deberían rebelarse, que los políticos son malos, el egoísmo es bueno y la caridad es mala, y que nos han educado en parámetros incorrectos impulsados por los estúpidos y malvados tiranos de la política y la religión. Decenas de páginas bastante reiterativas que acaban perdiendo toda su fuerza con tanta repetición e insistencia, pero que en el mundo de Atlas funcionan muy bien. ¡La rebelión ha empezado! ¡¡Huelga!!

1400 arrítmicas páginas

Cabe decir que esta clase de mamotretos suelen ser arrítmicos. El libro de los caídos de Malaz, Canción de Hielo y Fuego, Los miserables o Lo que el viento se llevó tienen partes que funcionan de forma más lenta. Los miserables, en concreto, está repleto de capítulos llenos de explicaciones y contexto de la Francia de la época. Me costó mucho entender por qué los detractores de La rebelión de Atlas se cebaban tanto con sus crisis de ritmo, pero es que Rand apenas ofrece nada que las justifique. Hay momentos en que la narración no avanza sin razón aparente: no se da información nueva, no se matiza la que ya se dio ni se profundiza en los personajes. Se detiene, casi, por el placer de detenerse.


El primer bloque, No contradicción, es el que mejor gestiona el ritmo. Los personajes están más o menos bien definidos, la distopía es evocadora y tanto sus héroes como sus villanos son interesantes. El paso de las páginas empaña esto: sus antagonistas son cada vez más planos y chapuceros y pierden profundidad hasta convertirse en una parodia; y sus protagonistas se repiten cada vez más. Rand está tan preocupada por dejar constancia de su interpretación filosófica que hipoteca todo lo demás… con desastroso resultado literario.

Del héroe al villano randiano

La rebelión de Atlas es una obra de visiones enfrentadas, de héroes y villanos, de blancos y negros. Rand dibuja unos protagonistas que abanderan su forma de pensar (grandes mentes de la tecnología y de la empresa y artistas que ensalzan los valores del individuo) y todos los que se oponen a ellos son villanos anodinos e intercambiables entre sí.


La autora parodia el fascismo, el comunismo y el socialismo casi como una misma cosa. Son lo erróneo, lo nocivo y no hace falta profundizar mucho más. Los villanos se dividen en místicos del espíritu (las fuerzas religiosas, cuya idea de bien es Dios o el espíritu) y místicos del músculo (los políticos, cuya idea de bien es la sociedad) y lo que los hace villanos es que atentan contra la libre individualidad del ser humano.


Para Rand lo heroico es ser un humano individual y guiarse por la razón tanto para producir el máximo posible como para alcanzar la felicidad. Lo importante es el individuo y no el conjunto. Esta idea podría explotarse de forma muy interesante en La rebelión de Atlas, pero Rand desdibuja tanto a quienes se oponen a esta visión que el discurso resulta soso, plano y maniqueo. Los héroes de Rand monologuean durante docenas de páginas insistiendo en los mismos puntos mientras sus adversarios no logran articular un discurso convincente, ponerlos en apuros ni producir dudas. La arenga de los héroes se encuentra ante una falta de oposición tal que resulta aburrida y llega a carecer de interés.


Los místicos del músculo emprenden acciones que corrompen más y más el tejido económico en favor (o aparentemente en favor) de ese ente llamado sociedad, pero su discurso se limita, casi, a decir «no pudimos evitarlo» y «nadie puede culparnos» cuando las cosas salen mal, lo que, en cierto modo, acaba dando la impresión de que Rand no era capaz de enfrentar su filosofía a un discurso algo más profundo ni más razonado, como si la única forma de defenderlo fuese enfrentarlo a la nada absoluta.


Lo peor de todo es que, con el paso de las páginas, ni siquiera respeta el discurso original de los villanos. No me entendáis mal, los villanos randianos evolucionan de forma muy realista, de modo que su discurso original era una sarta de mentiras y solo buscaban su propio beneficio. Eran, en cierto modo, igual que los héroes pero sin la capacidad de producir; igual de egoístas, pero basando su beneficio en el saqueo. Y, un poco en la línea de lo anterior, no pude evitar la sensación de que Rand tenía que hacerlo así para defender su idea de bien, que en el fondo es tan endeble que solo puede salir bien parada enfrentándola a la corrupción y al egoísmo, haciendo que el político de Rand tenga que ser corrupto y nocivo por el mismo imperativo divino por el que el empresario no puede serlo.

Estatua de Atlas en Rockefeller Center.


Si uno se para a pensarlo, es casi deprimente: la autora engalana a sus héroes con la verdad absoluta, con la capacidad de dar voz a sus pensamientos, pero para defender sus argumentos opta por no dejar que nadie se oponga a ellos, ¡por censurar a sus villanos! Nos describe su interpretación del bien, lejos de conceptos que detesta, como solidaridad, reparto de riqueza o sociedad, pero para que el discurso se sostenga, los corrompe. Quizá no encontrase forma de defender su visión del bien ante unos villanos que encarnasen realmente esos conceptos que ella ve como negativos; o quizá Rand considerase que la visión del bien clásico es una estupidez tan plena que es indefendible, tan absurda que nadie cree en ella de verdad, que sus villanos esconden su egoísmo (casi liberal) bajo ese disfraz de socialismo y solidaridad esperando siempre el momento de hacerse con un poco más del pastel.


Se deba a lo que se deba lo anterior, lo cierto es que el discurso de la novela pierde mucha fuerza y, en general, parece que el potencial está muy desaprovechado. Rand cree que el mercado se regulará correctamente por la mera oferta y demanda y que es la única regulación necesaria, que el estado solo debería evitar que un sujeto aplique la violencia, aplicando para ello la amenaza y ejecución de violencia; pero para exponerlo recurre a un discurso lleno de falacias y saltos de fe.

¡Que alguien les quite el micro!

Los héroes hablan mucho, demasiado, y lo hacen sin necesidad, ante unos adversarios que vagan perdidos en la oscuridad. El primer discurso largo, uno de Francisco d’Anconia sobre el dinero, es bastante bueno, pero lo es porque aún parece que es una visión enfrentada a otra, una forma de ver el mundo que debe o busca imponerse. El monólogo de Rearden, 500 páginas después, y sobre todo el de Galt, cerca del final, cansan. No es que los discursos sean peores, es que ya no son necesarios. Galt, en concreto, habla sin pausa durante más de 70 páginas (destacan que el discurso duró más de tres horas) y aunque la mayor parte de los párrafos tienen cierta entidad, el conjunto no parece tenerla.

Extracto del discurso de Francisco d'Anconia sobre el dinero que, a falta de contexto, ha sido citado en forma de meme por socialistas e incluso por comunistas. ¡Ay, la magia del contexto!


Esa extensión exagerada e injustificada no es solo la forma en que hablan los personajes, sino que emponzoña toda la narración. Recuerdo con particular pavor una escena en la que un tren va a descarrilar debido a un riel en mal estado. Como lectores sabemos que va a pasar, pero el narrador se pregunta si existirá alguna relación entre quienes van en el tren y lo que va a suceder, suscitando la reflexión casi inevitable de si ese accidente en vistas es justicia universal (sabemos que no, porque eso sería irracional y lo irracional es una tontería de los místicos del espíritu y del músculo). Lista entonces a ocho o nueve pasajeros y les dedica párrafos de 200 o 300 palabras a cada uno para explicarnos que eran parásitos y saqueadores. La sensación es que no quiere decir que está bien que el tren descarrile, pero que allí iban muchos indeseables. El caso es que dejando a un lado el aspecto moral de esa consideración, resulta eterno, reiterativo y cansino. Incurre en los mismos problemas que los eternos monólogos de sus héroes.

La santísima trinidad y la moneda

Casi como en una novela de fantasía clásica, La rebelión de Atlas tiene la figura del elegido, solo que aquí es uno y trino. Disculpad la referencia, sé que Rand odiaría que lo relacionase con un motivo religioso.


Érase una vez tres chicos brillantes que coincidieron como alumnos del mejor filósofo, Hugh Akston, y del mejor científico de la generación, Robert Stadler. Los alumnos eran Francisco d’Anconia, el amigo de Dagny y genio de la extracción de cobre; Ragnar Danneskjold, el pirata; y un tercero desconocido, que, por supuesto, es John Galt.


Los tres son hermosísimos, de mente privilegiada, idealistas liberales y dignos sucesores de sus maestros. Francisco es el empresario definitivo y destaca tanto que provoca los movimientos económicos que la Atlántida va a necesitar. Francisco manipula la macroeconomía del mundo. Galt es el genial inventor del motor que transforma la electricidad estática atmosférica en dinámica aprovechable, consiguiendo una nueva fuente de energía disponible para todo el mundo. El motor mágico que los salvará a todos y los sacará de los tinieblas. Y Ragnar es el pirata. Es el más filósofo de todos ellos pero se quedó con la parte bélica del plan, aunque los otros se oponían a llevarla a cabo. Ragnar domina en persona los mares con una única nave fuertemente armada, hasta el punto de que lleva a afirmar con suficiencia, y mucho ridículo argumental, que mantiene a raya a los ejércitos de los cinco continentes él solo.


Sus dos maestros son, por otro lado, las dos caras de una moneda. A Rand le gustaría más esta relación, que tras ese discurso sobre el dinero está claro que lo aprecia. Akston es la reflexión y las preguntas, Stadler es el progreso científico, el descubrimiento y la respuesta. Pero mientras Akston es un individuo libre, Stadler se entrega a los saqueadores a cambio de subvenciones, lo que hace que con el paso del tiempo el brillo de Stadler se apague por completo. Mientras Akston se une a la Atlántida, permaneciendo libre; Stadler se vuelca en la investigación pública, convirtiéndose en el director del Instituto Científico del Estado, y su brillo termina devorado por los parásitos.

Amor, o lo que sea que sienten los liberales

La rebelión de Atlas da mucha importancia a las relaciones de Dagny y al amor que siente libre y conscientemente. Rand, defensora del egoísmo y de la búsqueda de la felicidad individual, ve el amor como un negocio. Lo normal, o al menos lo correcto, es amar lo mejor. D’Anconia, tras toda su vida enamorado de Dagny, se declara a esta y no ve el menor problema en que ella quiera a Rearden, igual que este no ve ningún problema cuando Dagny conoce a John Galt y se enamora de él (aunque en su momento le dio un puñetazo en la cara a d’Anconia cuando este anunció su amor por Dagny). Rearden llega a escribir una nota en la que dice: «Lo he conocido. No te culpo». Y ojo, no me entendáis mal, es estupendo que todo el mundo reaccione tan bien a los desengaños amorosos, pero resulta muy poco creíble contando que sobre todo son egoístas y solo buscan su propia felicidad.


En realidad, nadie parece sentir nada y desde luego nadie se ve motivado por sus sentimientos cuando chocan con los de otro. Para hacer ese culto despiadado al egoísmo y a la búsqueda de la propia felicidad sin preocuparse por los demás, es alucinante lo bien que todo el mundo se toma esas negaciones de su felicidad. Supongo que irá dentro del pack de que los objetivistas son perfectos y nada los altera. Su felicidad solo depende de ellos mismos. Son autónomos, perfectos; son sistemas cerrados.


Más allá de este amor desapasionado y siempre bajo control, nos encontramos con lo tóxicas que son las relaciones. Aunque Rand dice que sus héroes aman desde la libertad, siempre eligen un vocabulario y unas formas bastante terroríficas para demostrar lo libres que son. Dagny le dice a Rearden que la humille y que la use, que solo quiere ser un objeto con el que él satisfaga su placer. Así, en esos términos. Supongo que podríamos decir que tiene la libertad de querer ser un objeto, pero es bastante inquietante. Rearden se fustiga y se desprecia por hacerlo y por someterla a lo que considera vejaciones intolerables.




Cuando Dagny conoce a Galt, aunque puede disponer del dinero de su cuenta, como se enamora de él se ofrece a ser su criada y a servirlo en lo que desee. Y tras las expresiones usadas con Rearden, da qué pensar. Y Galt también se fustiga, claro.


Otro aspecto a mencionar es que casi todos los hombres inteligentes y capaces de la novela se enamoran hasta las trancas de Dagny: d’Anconia, Rearden, Willers y Galt. Ragnar parece que al menos está interesado en la única conversación que mantiene con ella, en la que Dagny reflexiona sobre lo increíblemente hermoso y fantástico y todo que es el bravo pirata, pero ese romance no se desarrolla. Menos mal. Pero todo esto palidece cuando pensamos en el retrato del amor que hace la autora, que casi parece centrarse en la libertad de decidir, individualmente y sin presiones, no ser libre, ceder, humillarse y flagelarse.

Ayn Rand y la filosofía

Como decía al principio, La rebelión de Atlas está a caballo entre el tratado filosófico y el panfleto propagandístico, y eso le juega muy malas pasadas. Dejando a un lado el problema del ritmo, la verosimilitud, la lógica de los personajes, el hecho de que todos hablen igual, y la enorme cantidad de Deus ex machina, esta obra sufre cuando se piensa en su aspecto filosófico.


Rand desprecia a Platón, a Kant, a Hume, a Nietzsche y a muchos otros filósofos; y en La rebelión de Atlas intenta explicarlo. Rand cree que el objetivismo, una doctrina desarrollada por ella, es la forma de explicar la realidad, de describirla y de habitarla de forma adecuada. Pero es difícil no notar que en Atlas recurre a errores muy básicos y a muchas falacias.


Entre los errores muy básicos puede que el peor de todos sea que en mitad de esa defensa a ultranza del empresario, en ese retrato heroico del emprendedor y despectivo del político, en esa tosca división de héroe y villano, Rand recurre a un falso dilema que sirve de base a todo su planteamiento filosófico. El objetivismo rechaza abiertamente el término medio y la autora se apoya en todo momento en una visión extrema y binaria, en sus héroes y sus villanos, en lo individual (el emprendedor brillante frente al político saqueador) y lo colectivo (el grupo de personas libres y productivas frente a la sociedad aborregada, pasiva, ignorante y parásita en sus diferentes estratos) para evidenciarlo.

Filósofos griegos.
CC BY 2.0 Matt Neale.


Sobre este falso dilema, encima, incurre en una pendiente resbaladiza que lleva a un escenario catastrófico para los colectivistas y a la gloria de los emprendedores. Es cierto que Rand lo articula a lo largo de tantas páginas que a veces se puede perder perspectiva de ello, pero el recorrido de esos Estados Unidos hacia el abismo está plagado de saltos de fe que se hacen pasar por lógicamente obligados. Si los políticos impidieron el monopolio de una empresa, harán que cualquiera pueda acceder al mercado en todo momento (ahogando a los grandes empresarios que dependan de esos pequeños a los que han dado un acceso artificial), y para compensar el problema generado nacionalizarán los recursos, y tras esto harán un reparto de ganancias del sector entre todos los implicados del mismo, y después… En realidad el desarrollo de los acontecimientos es bastante descabellado, pero encaja con la forma en que ensalza a sus héroes ante los villanos. Todo es producto de una sucesión de hechos de lógica bastante discutible, lo que en una novela al uso no sería un gran problema, pero dado que aprovecha para exponer los principales puntos de la filosofía objetivista en la que trabajaría desde entonces, es bastante llamativo, y el tono filosófico de gran parte del texto es difícil no reparar en ello.


Quizá uno de los problemas del pensamiento de Rand es que la forma en que heroíza a sus personajes es confundiendo condición necesaria con suficiente. Está claro que dentro del contexto de La rebelión de Atlas ese emprendedor al que alaba es capaz de hacer las cosas por sí solo. La sociedad es mala porque no le aporta nada, y el empresario es retratado casi como un demiurgo que inventa, mejora y dispone. Esos emprendedores, condición muy necesaria para los procesos de desarrollo, no son suficientes: necesitan inyecciones presupuestarias, territorio donde llevarlas a cabo y, en última instancia, compradores o usuarios. Rand da condiciones muy específicas para que parezca que sus personajes no han necesitado a nadie más, pero, como con muchas otras cosas, opta por no enfrentarlas con ninguna pregunta que haga que la endeble construcción se tambalee.


Es interesante cómo juega con los títulos de los bloques (No contradicción, Tercero excluido y A = A, formas de los principios lógicos clásicos) y cómo los aprovecha en sus respectivos apartados, pero viendo el trato que da a otros aspectos del discurso, queda más como un guiño que como una declaración de intenciones o como un verdadero trabajo discursivo.

Conclusión

Nos encontramos con una novela que falla en su técnica y muestra una narrativa torpe, con una exposición filosófica que falla en su discurso lógico y con un retrato económico completamente polarizado. Nada de ello consigue que la obra destaque favorablemente, y si bien debo reconocer que La rebelión de Atlas tiene ideas muy interesantes de fondo, creo que no están nada aprovechadas, entorpecidas por los problemas narrativos y lógicos que pueblan el texto.


Una verdadera pena, la verdad.