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miércoles, 1 de noviembre de 2017

La rebelión de Atlas - Ayn Rand


A caballo entre el tratado filosófico y el panfleto propagandístico, con carne de novela romántica y hueso de distopía económica, más movida por el deseo de la autora de evidenciar su visión de las cosas que por la lógica interna, La rebelión de Atlas es la cuarta y última novela de Ayn Rand, y la obra de ficción en que de forma más detallada expone su filosofía objetivista.





Conocía las ideas de Rand por encima y nunca me habían despertado demasiadas simpatías, pero, por las insistentes recomendaciones de unos cuantos conocidos, decidí leer Atlas confiando en la capacidad de Rand para mostrar una situación, dar vida a unos personajes, construir una historia y presentar sus ideas; y me dispuse a disfrutar de una historia de genios empresariales explotados por la malvada redistribución pública intentando olvidar que la autora hablaba en serio.

Argumento y desarrollo

Este apartado contiene muchos spoilers. Si estáis interesados en leer la obra, quizá deberíais obviarlo; si no pensáis leerla o si ya lo habéis hecho y queréis un recordatorio, puede seros útil.


Atlas se articula en tres bloques de diez capítulos cada uno, a lo largo de los cuales seguimos a Dagny Taggart, vicepresidenta de operaciones y verdadera cabeza pensante de la empresa ferroviaria Taggart Transcontinental, mientras el mundo que conoce colapsa a su alrededor.

No Contradicción

En el primer bloque descubrimos esos Estados Unidos ficticios que tanto temen los héroes de Rand, con un gobierno mucho más controlador del mercado. El escenario es pesimista, acorde a las ideas de la autora: las industrias fallan, la situación económica se agrava lenta pero inexorablemente y la clase política (a la que tacha de saqueadores y parásitos) solo empeora todo. En esa situación conocemos a Dagny y descubrimos que es la persona que tiene que sacar las castañas del fuego y aprovechar los recursos a su disposición para mantener Taggart Transcontinental, una de las grandes empresas de transporte ferroviario, a flote, ante la inutilidad del director general de la empresa, su hermano Jim, de tendencias socialistas. En plena crisis de producción de acero, y ante la necesidad de seguir tendiendo vías, Dagny toma la decisión de hacerlo con un nuevo metal, una aleación obra de Hank Rearden, un reputado fabricante de acero, y así inaugura la línea Río Norte, también llamada John Galt, un nombre del que ya hablaremos.





Esa línea le da alas a Taggart Transcontinental, empiezan a hacerse con un porcentaje demasiado grande del mercado y cada vez adquieren más metal Rearden, cuyo dueño, por haber invertido en su material cuando nadie osaba hacerlo, les reserva un trato de favor. Los empresarios más pequeños empiezan a quejarse porque no tienen forma de acceder al pastel y el gobierno toma medidas. Y como es el gobierno, y esta es una novela de Ayn Rand, las medidas tomadas destruyen a esos pequeños empresarios que al principio son dichosos en la abundancia de ese metal al que acceden gracias a decretazos; pero que pronto, ante la incapacidad de esas pequeñas empresas para hacer frente a las necesidades de las grandes (porque las empresas pequeñas lo son por la incapacidad de hacer cosas a lo grande), empiezan a hacer que los gigantes se tambaleen y caigan, viéndose arrastradas con ellas. Un nuevo destrozo de la injerencia pública.


En esta parte ya se nos habla del trío de ases conformado por los mejores alumnos de Hugh Akston, el filósofo más prestigioso de la actualidad: Francisco d’Anconia, el amigo de Dagny dedicado a la extracción de cobre; Ragnar, el pirata (de los de parche en el ojo y pata de palo, solo que en vikingo buenorro intacto, true story) y otro del que no se da el nombre. Es una gente de la que ya hablaremos más adelante, pero no quería referirme en la sinopsis a Ragnar, el pirata, sin que supieseis de dónde salía.

Tercero excluido

En este segundo bloque asistimos a cómo ese lento proceso de destrucción se va acelerando poco a poco, a cómo cae una empresa tras otra y a cómo los políticos intentan repartir la riqueza según la necesidad (aunque en realidad lo hacen en base a amiguismos) con desastroso resultado.


Dagny Taggart y Hank Rearden inician una relación amorosa. Él está casado, pero ellos se aman desde la inteligencia (no parece que la autora encuentre las mejores palabras para expresarlo, pero ya hablaremos de cómo está escrita la novela y, en concreto, los romances) e inician una relación secreta. Así, mientras comparten sus éxitos y sus ambiciones, en uno de los Deus ex machina más increíbles que recuerdo, se encuentran un motor medio deshecho cuya documentación (que también estaba allí) indica que transforma la electricidad estática en dinámica, lo que podría solventar el problema energético del mundo, por lo que localizan y contratan a un brillante ingeniero que intente entenderlo y reconstruirlo.


En esta parte se desarrolla también un triángulo amoroso bastante tedioso. Dagny ama a Hank Rearden, pero siempre ha estado colada por Francisco d’Anconia, y ahora existe cierta rivalidad menor entre estos dos, porque d’Anconia es muy inteligente y sospecha algo, lo que desemboca en algunos diálogos que es mejor olvidar.


Puente hecho con metal Rearden, en la adaptación cinematográfica de 2011.
© 2011 20th Century Fox Home Entertainment. All Rights Reserved.


Cuando ya parece que esta parte no puede empeorar, Dagny descubre que su brillante ingeniero, muy cerca ya de desvelar el gran misterio, ha decidido renunciar a su intento para no regalar el motor a los saqueadores. Dagny consigue hacerle prometer que esperará a hablar con ella y coge un avión para verlo, pero cuando llega al aeropuerto le dicen que es imposible, que la persona con la que quiere hablar acaba de despegar. Y entonces, porque resulta que Dagny es también una avezada piloto de aviones (lo mismo que una fantástica encontradora de motores mágicos), se pone a los mandos de un avión para perseguir al que se aleja con su ingeniero. Esta persecución la lleva a través de las Rocosas, donde el perseguido empieza a descender y desaparece de pronto. Dagny, sabiendo que hay algún truco, decide emular sus movimientos, pero algo sale mal y tiene que realizar un accidentado aterrizaje de emergencia con poca visibilidad.

A es A

Dagny descubre así la Atlántida, la ciudad escondida tras una ilusión electromagnética que acoge a las grandes mentes desaparecidas del país: el mejor extractor de petróleo, el creador del motor mágico, el mejor compositor… En esta utopía liberal nos encontramos una nula intervención del gobierno y todo va como la seda. Todo el mundo es bueno y está obsesionado con su trabajo y contribuye como puede a la sociedad de estos atlantes cuya economía se basa en el intercambio de discos de oro y de plata, porque están obsesionados por los valores objetivos y consideran que esos materiales lo son.


Dagny es rescatada por (¡toma ya!) el inventor del motor, un hermoso rubio llamado que, en un nuevo alarde de la casualidad más rocambolesca, ¡es John Galt!, y le informa de que hay una cuenta con su nombre en el banco atlante con todo lo que la administración le robó, y que el pirata Ragnar recolectó en sus campañas, porque los atlantes siempre confiaron en que ella se uniese a su causa.


El tema es que Dagny se enamora de Galt y Francisco se lo toma muy bien, porque lo lógico es ser egoísta y está bien que Dagny se haya enamorado de Galt, que es su amigo y es inteligente y bueno (buen liberal, vaya; ¡el mejor!). Todos tan amigos. Dagny, para pagar su deuda, se ofrece a ser un mes la criada de Galt, pero pasado ese tiempo, cuando debe decidir si unirse a la secta de los atlantes o volver al mundo corrupto y podrido de los socialistas, y aunque se sienten muy atraídos el uno por el otro, elige regresar a la sociedad estadounidense para intentar arreglarla, porque cree que puede.


Spoiler alert: no puede. Los burócratas deciden jugarle una encerrona y amenazan con desvelar que era la amante de Rearden si no da un mensaje de calma a la nación, y ella accede a hablar en la radio pero decide informar a la gente de la han intentado chantajear, que fue la amante de Rearden, que está muy contenta de ello y que no va a engañarles. Rearden, por cierto, también se toma muy bien que se haya enamorado de Galt.


Dagny se reencuentra con su amado en las instalaciones Taggart y descubre que lleva muchos años trabajando para ella sin llamar la atención, enamorado de ella, espiándola a través de las rejas (muy poco creepy), pero que cuando se conocieron se hizo el difícil, el frío racional objetivista. Mientras, las jugarretas de los políticos siguen y la cada vez mayor injerencia acaba por desatar el caos. Al final, fruto de los intentos del gobierno por desestabilizar a las piezas más fuertes de la economía, Metales Rearden colapsa. Unos secuaces de los saqueadores intentan matar al dueño, pero D’Anconia (que durante muchos meses ha sido en secreto su jefe de hornos —disculpadme, ya perdí la cuenta de cuántos Deus ex machina van) lo salva a tiro limpio, como un Batman de la siderurgia, y lo convence de irse a la Atlántida. Ya solo queda Dagny, feliz de que todos los hombres que ha amado sean amiguitos y se hayan ido a la Atlántida, donde se los valorará por su inteligencia, aunque en el fondo espera que John Galt siga velando por ella en el rudo mundo exterior.


 CC BY-SA 3.0 Holger.Ellgard - Own Work (2009). 


Un día la convocan a un nuevo programa de radio para asesorar a los participantes, pero Galt toma las ondas y se marca una parrafada a lo largo de más de 70 páginas de novela (¡70 páginas! Insisto por si lo autocorregisteis a «7») explicando por qué los oyentes deberían rebelarse, que los políticos son malos, el egoísmo es bueno y la caridad es mala, y que nos han educado en parámetros incorrectos impulsados por los estúpidos y malvados tiranos de la política y la religión. Decenas de páginas bastante reiterativas que acaban perdiendo toda su fuerza con tanta repetición e insistencia, pero que en el mundo de Atlas funcionan muy bien. ¡La rebelión ha empezado! ¡¡Huelga!!

1400 arrítmicas páginas

Cabe decir que esta clase de mamotretos suelen ser arrítmicos. El libro de los caídos de Malaz, Canción de Hielo y Fuego, Los miserables o Lo que el viento se llevó tienen partes que funcionan de forma más lenta. Los miserables, en concreto, está repleto de capítulos llenos de explicaciones y contexto de la Francia de la época. Me costó mucho entender por qué los detractores de La rebelión de Atlas se cebaban tanto con sus crisis de ritmo, pero es que Rand apenas ofrece nada que las justifique. Hay momentos en que la narración no avanza sin razón aparente: no se da información nueva, no se matiza la que ya se dio ni se profundiza en los personajes. Se detiene, casi, por el placer de detenerse.


El primer bloque, No contradicción, es el que mejor gestiona el ritmo. Los personajes están más o menos bien definidos, la distopía es evocadora y tanto sus héroes como sus villanos son interesantes. El paso de las páginas empaña esto: sus antagonistas son cada vez más planos y chapuceros y pierden profundidad hasta convertirse en una parodia; y sus protagonistas se repiten cada vez más. Rand está tan preocupada por dejar constancia de su interpretación filosófica que hipoteca todo lo demás… con desastroso resultado literario.

Del héroe al villano randiano

La rebelión de Atlas es una obra de visiones enfrentadas, de héroes y villanos, de blancos y negros. Rand dibuja unos protagonistas que abanderan su forma de pensar (grandes mentes de la tecnología y de la empresa y artistas que ensalzan los valores del individuo) y todos los que se oponen a ellos son villanos anodinos e intercambiables entre sí.


La autora parodia el fascismo, el comunismo y el socialismo casi como una misma cosa. Son lo erróneo, lo nocivo y no hace falta profundizar mucho más. Los villanos se dividen en místicos del espíritu (las fuerzas religiosas, cuya idea de bien es Dios o el espíritu) y místicos del músculo (los políticos, cuya idea de bien es la sociedad) y lo que los hace villanos es que atentan contra la libre individualidad del ser humano.


Para Rand lo heroico es ser un humano individual y guiarse por la razón tanto para producir el máximo posible como para alcanzar la felicidad. Lo importante es el individuo y no el conjunto. Esta idea podría explotarse de forma muy interesante en La rebelión de Atlas, pero Rand desdibuja tanto a quienes se oponen a esta visión que el discurso resulta soso, plano y maniqueo. Los héroes de Rand monologuean durante docenas de páginas insistiendo en los mismos puntos mientras sus adversarios no logran articular un discurso convincente, ponerlos en apuros ni producir dudas. La arenga de los héroes se encuentra ante una falta de oposición tal que resulta aburrida y llega a carecer de interés.


Los místicos del músculo emprenden acciones que corrompen más y más el tejido económico en favor (o aparentemente en favor) de ese ente llamado sociedad, pero su discurso se limita, casi, a decir «no pudimos evitarlo» y «nadie puede culparnos» cuando las cosas salen mal, lo que, en cierto modo, acaba dando la impresión de que Rand no era capaz de enfrentar su filosofía a un discurso algo más profundo ni más razonado, como si la única forma de defenderlo fuese enfrentarlo a la nada absoluta.


Lo peor de todo es que, con el paso de las páginas, ni siquiera respeta el discurso original de los villanos. No me entendáis mal, los villanos randianos evolucionan de forma muy realista, de modo que su discurso original era una sarta de mentiras y solo buscaban su propio beneficio. Eran, en cierto modo, igual que los héroes pero sin la capacidad de producir; igual de egoístas, pero basando su beneficio en el saqueo. Y, un poco en la línea de lo anterior, no pude evitar la sensación de que Rand tenía que hacerlo así para defender su idea de bien, que en el fondo es tan endeble que solo puede salir bien parada enfrentándola a la corrupción y al egoísmo, haciendo que el político de Rand tenga que ser corrupto y nocivo por el mismo imperativo divino por el que el empresario no puede serlo.

Estatua de Atlas en Rockefeller Center.


Si uno se para a pensarlo, es casi deprimente: la autora engalana a sus héroes con la verdad absoluta, con la capacidad de dar voz a sus pensamientos, pero para defender sus argumentos opta por no dejar que nadie se oponga a ellos, ¡por censurar a sus villanos! Nos describe su interpretación del bien, lejos de conceptos que detesta, como solidaridad, reparto de riqueza o sociedad, pero para que el discurso se sostenga, los corrompe. Quizá no encontrase forma de defender su visión del bien ante unos villanos que encarnasen realmente esos conceptos que ella ve como negativos; o quizá Rand considerase que la visión del bien clásico es una estupidez tan plena que es indefendible, tan absurda que nadie cree en ella de verdad, que sus villanos esconden su egoísmo (casi liberal) bajo ese disfraz de socialismo y solidaridad esperando siempre el momento de hacerse con un poco más del pastel.


Se deba a lo que se deba lo anterior, lo cierto es que el discurso de la novela pierde mucha fuerza y, en general, parece que el potencial está muy desaprovechado. Rand cree que el mercado se regulará correctamente por la mera oferta y demanda y que es la única regulación necesaria, que el estado solo debería evitar que un sujeto aplique la violencia, aplicando para ello la amenaza y ejecución de violencia; pero para exponerlo recurre a un discurso lleno de falacias y saltos de fe.

¡Que alguien les quite el micro!

Los héroes hablan mucho, demasiado, y lo hacen sin necesidad, ante unos adversarios que vagan perdidos en la oscuridad. El primer discurso largo, uno de Francisco d’Anconia sobre el dinero, es bastante bueno, pero lo es porque aún parece que es una visión enfrentada a otra, una forma de ver el mundo que debe o busca imponerse. El monólogo de Rearden, 500 páginas después, y sobre todo el de Galt, cerca del final, cansan. No es que los discursos sean peores, es que ya no son necesarios. Galt, en concreto, habla sin pausa durante más de 70 páginas (destacan que el discurso duró más de tres horas) y aunque la mayor parte de los párrafos tienen cierta entidad, el conjunto no parece tenerla.

Extracto del discurso de Francisco d'Anconia sobre el dinero que, a falta de contexto, ha sido citado en forma de meme por socialistas e incluso por comunistas. ¡Ay, la magia del contexto!


Esa extensión exagerada e injustificada no es solo la forma en que hablan los personajes, sino que emponzoña toda la narración. Recuerdo con particular pavor una escena en la que un tren va a descarrilar debido a un riel en mal estado. Como lectores sabemos que va a pasar, pero el narrador se pregunta si existirá alguna relación entre quienes van en el tren y lo que va a suceder, suscitando la reflexión casi inevitable de si ese accidente en vistas es justicia universal (sabemos que no, porque eso sería irracional y lo irracional es una tontería de los místicos del espíritu y del músculo). Lista entonces a ocho o nueve pasajeros y les dedica párrafos de 200 o 300 palabras a cada uno para explicarnos que eran parásitos y saqueadores. La sensación es que no quiere decir que está bien que el tren descarrile, pero que allí iban muchos indeseables. El caso es que dejando a un lado el aspecto moral de esa consideración, resulta eterno, reiterativo y cansino. Incurre en los mismos problemas que los eternos monólogos de sus héroes.

La santísima trinidad y la moneda

Casi como en una novela de fantasía clásica, La rebelión de Atlas tiene la figura del elegido, solo que aquí es uno y trino. Disculpad la referencia, sé que Rand odiaría que lo relacionase con un motivo religioso.


Érase una vez tres chicos brillantes que coincidieron como alumnos del mejor filósofo, Hugh Akston, y del mejor científico de la generación, Robert Stadler. Los alumnos eran Francisco d’Anconia, el amigo de Dagny y genio de la extracción de cobre; Ragnar Danneskjold, el pirata; y un tercero desconocido, que, por supuesto, es John Galt.


Los tres son hermosísimos, de mente privilegiada, idealistas liberales y dignos sucesores de sus maestros. Francisco es el empresario definitivo y destaca tanto que provoca los movimientos económicos que la Atlántida va a necesitar. Francisco manipula la macroeconomía del mundo. Galt es el genial inventor del motor que transforma la electricidad estática atmosférica en dinámica aprovechable, consiguiendo una nueva fuente de energía disponible para todo el mundo. El motor mágico que los salvará a todos y los sacará de los tinieblas. Y Ragnar es el pirata. Es el más filósofo de todos ellos pero se quedó con la parte bélica del plan, aunque los otros se oponían a llevarla a cabo. Ragnar domina en persona los mares con una única nave fuertemente armada, hasta el punto de que lleva a afirmar con suficiencia, y mucho ridículo argumental, que mantiene a raya a los ejércitos de los cinco continentes él solo.


Sus dos maestros son, por otro lado, las dos caras de una moneda. A Rand le gustaría más esta relación, que tras ese discurso sobre el dinero está claro que lo aprecia. Akston es la reflexión y las preguntas, Stadler es el progreso científico, el descubrimiento y la respuesta. Pero mientras Akston es un individuo libre, Stadler se entrega a los saqueadores a cambio de subvenciones, lo que hace que con el paso del tiempo el brillo de Stadler se apague por completo. Mientras Akston se une a la Atlántida, permaneciendo libre; Stadler se vuelca en la investigación pública, convirtiéndose en el director del Instituto Científico del Estado, y su brillo termina devorado por los parásitos.

Amor, o lo que sea que sienten los liberales

La rebelión de Atlas da mucha importancia a las relaciones de Dagny y al amor que siente libre y conscientemente. Rand, defensora del egoísmo y de la búsqueda de la felicidad individual, ve el amor como un negocio. Lo normal, o al menos lo correcto, es amar lo mejor. D’Anconia, tras toda su vida enamorado de Dagny, se declara a esta y no ve el menor problema en que ella quiera a Rearden, igual que este no ve ningún problema cuando Dagny conoce a John Galt y se enamora de él (aunque en su momento le dio un puñetazo en la cara a d’Anconia cuando este anunció su amor por Dagny). Rearden llega a escribir una nota en la que dice: «Lo he conocido. No te culpo». Y ojo, no me entendáis mal, es estupendo que todo el mundo reaccione tan bien a los desengaños amorosos, pero resulta muy poco creíble contando que sobre todo son egoístas y solo buscan su propia felicidad.


En realidad, nadie parece sentir nada y desde luego nadie se ve motivado por sus sentimientos cuando chocan con los de otro. Para hacer ese culto despiadado al egoísmo y a la búsqueda de la propia felicidad sin preocuparse por los demás, es alucinante lo bien que todo el mundo se toma esas negaciones de su felicidad. Supongo que irá dentro del pack de que los objetivistas son perfectos y nada los altera. Su felicidad solo depende de ellos mismos. Son autónomos, perfectos; son sistemas cerrados.


Más allá de este amor desapasionado y siempre bajo control, nos encontramos con lo tóxicas que son las relaciones. Aunque Rand dice que sus héroes aman desde la libertad, siempre eligen un vocabulario y unas formas bastante terroríficas para demostrar lo libres que son. Dagny le dice a Rearden que la humille y que la use, que solo quiere ser un objeto con el que él satisfaga su placer. Así, en esos términos. Supongo que podríamos decir que tiene la libertad de querer ser un objeto, pero es bastante inquietante. Rearden se fustiga y se desprecia por hacerlo y por someterla a lo que considera vejaciones intolerables.




Cuando Dagny conoce a Galt, aunque puede disponer del dinero de su cuenta, como se enamora de él se ofrece a ser su criada y a servirlo en lo que desee. Y tras las expresiones usadas con Rearden, da qué pensar. Y Galt también se fustiga, claro.


Otro aspecto a mencionar es que casi todos los hombres inteligentes y capaces de la novela se enamoran hasta las trancas de Dagny: d’Anconia, Rearden, Willers y Galt. Ragnar parece que al menos está interesado en la única conversación que mantiene con ella, en la que Dagny reflexiona sobre lo increíblemente hermoso y fantástico y todo que es el bravo pirata, pero ese romance no se desarrolla. Menos mal. Pero todo esto palidece cuando pensamos en el retrato del amor que hace la autora, que casi parece centrarse en la libertad de decidir, individualmente y sin presiones, no ser libre, ceder, humillarse y flagelarse.

Ayn Rand y la filosofía

Como decía al principio, La rebelión de Atlas está a caballo entre el tratado filosófico y el panfleto propagandístico, y eso le juega muy malas pasadas. Dejando a un lado el problema del ritmo, la verosimilitud, la lógica de los personajes, el hecho de que todos hablen igual, y la enorme cantidad de Deus ex machina, esta obra sufre cuando se piensa en su aspecto filosófico.


Rand desprecia a Platón, a Kant, a Hume, a Nietzsche y a muchos otros filósofos; y en La rebelión de Atlas intenta explicarlo. Rand cree que el objetivismo, una doctrina desarrollada por ella, es la forma de explicar la realidad, de describirla y de habitarla de forma adecuada. Pero es difícil no notar que en Atlas recurre a errores muy básicos y a muchas falacias.


Entre los errores muy básicos puede que el peor de todos sea que en mitad de esa defensa a ultranza del empresario, en ese retrato heroico del emprendedor y despectivo del político, en esa tosca división de héroe y villano, Rand recurre a un falso dilema que sirve de base a todo su planteamiento filosófico. El objetivismo rechaza abiertamente el término medio y la autora se apoya en todo momento en una visión extrema y binaria, en sus héroes y sus villanos, en lo individual (el emprendedor brillante frente al político saqueador) y lo colectivo (el grupo de personas libres y productivas frente a la sociedad aborregada, pasiva, ignorante y parásita en sus diferentes estratos) para evidenciarlo.

Filósofos griegos.
CC BY 2.0 Matt Neale.


Sobre este falso dilema, encima, incurre en una pendiente resbaladiza que lleva a un escenario catastrófico para los colectivistas y a la gloria de los emprendedores. Es cierto que Rand lo articula a lo largo de tantas páginas que a veces se puede perder perspectiva de ello, pero el recorrido de esos Estados Unidos hacia el abismo está plagado de saltos de fe que se hacen pasar por lógicamente obligados. Si los políticos impidieron el monopolio de una empresa, harán que cualquiera pueda acceder al mercado en todo momento (ahogando a los grandes empresarios que dependan de esos pequeños a los que han dado un acceso artificial), y para compensar el problema generado nacionalizarán los recursos, y tras esto harán un reparto de ganancias del sector entre todos los implicados del mismo, y después… En realidad el desarrollo de los acontecimientos es bastante descabellado, pero encaja con la forma en que ensalza a sus héroes ante los villanos. Todo es producto de una sucesión de hechos de lógica bastante discutible, lo que en una novela al uso no sería un gran problema, pero dado que aprovecha para exponer los principales puntos de la filosofía objetivista en la que trabajaría desde entonces, es bastante llamativo, y el tono filosófico de gran parte del texto es difícil no reparar en ello.


Quizá uno de los problemas del pensamiento de Rand es que la forma en que heroíza a sus personajes es confundiendo condición necesaria con suficiente. Está claro que dentro del contexto de La rebelión de Atlas ese emprendedor al que alaba es capaz de hacer las cosas por sí solo. La sociedad es mala porque no le aporta nada, y el empresario es retratado casi como un demiurgo que inventa, mejora y dispone. Esos emprendedores, condición muy necesaria para los procesos de desarrollo, no son suficientes: necesitan inyecciones presupuestarias, territorio donde llevarlas a cabo y, en última instancia, compradores o usuarios. Rand da condiciones muy específicas para que parezca que sus personajes no han necesitado a nadie más, pero, como con muchas otras cosas, opta por no enfrentarlas con ninguna pregunta que haga que la endeble construcción se tambalee.


Es interesante cómo juega con los títulos de los bloques (No contradicción, Tercero excluido y A = A, formas de los principios lógicos clásicos) y cómo los aprovecha en sus respectivos apartados, pero viendo el trato que da a otros aspectos del discurso, queda más como un guiño que como una declaración de intenciones o como un verdadero trabajo discursivo.

Conclusión

Nos encontramos con una novela que falla en su técnica y muestra una narrativa torpe, con una exposición filosófica que falla en su discurso lógico y con un retrato económico completamente polarizado. Nada de ello consigue que la obra destaque favorablemente, y si bien debo reconocer que La rebelión de Atlas tiene ideas muy interesantes de fondo, creo que no están nada aprovechadas, entorpecidas por los problemas narrativos y lógicos que pueblan el texto.


Una verdadera pena, la verdad.

martes, 29 de agosto de 2017

Juego de tronos - Temporada 7



Como cada temporada, Juego de Tronos ha copado los titulares seriéfilos durante las semanas que ha estado en emisión: siete episodios de mucha acción y sorprendente ritmo que han levantado apasionados debates sobre qué es o cómo debe ser un clímax, sobre si importa más hacer algo molón o algo coherente y sobre qué pintoresca y larga ruta han elegido los Caminantes Blancos para llegar al Muro.


Leed esta entrada bajo vuestra responsabilidad, porque alberga terribles y despiadados spoilers.


Un brevísimo contexto

Daenerys de la Tormenta acaba de llegar a Poniente con sus consejeros, sus Inmaculados, su horda dothraki y sus tres dragones, lo que hace que a los Lannister en Desembarco le entren los calores, porque además no viven su mejor momento de financiación. En el norte ha vuelto a proclamarse un rey, que ahora es Jon Nieve, el bastardo de Ned Stark, porque tras haber muerto y resucitado, cual Mesías o superhéroe de DC, ha perdido los votos que lo unían a la Guardia de la Noche. Aún más al norte hemos visto que los Caminantes Blancos se dirigen hacia el Muro, dispuestos a arrasar el continente, pero lo hacen sin prisas y huyendo de las autopistas, para disfrutar de los nevados y fríos paisajes norteños.



Velocidad, clímax y tensión

Desde este peculiar inicio, si algo ha caracterizado la temporada es la sensación de ritmo, de velocidad. Hasta el momento, las temporadas de Juego de Tronos han repetido un esquema por el que dedicaba dos terceras partes de la temporada a colocar fichas en el tablero para resolver las tramas en tres episodios y medio muy contundentes; pero esta última temporada, salvo excepciones puntuales, han decidido presentar elementos y resolverlos desde el principio.

Qué señora… ¡¡Qué señora!!
© HBO 2017



Los defensores del viejo formato suelen quejarse de que se aleja del tono habitual de la serie o de que las acciones poco presentadas evocan menos, que ya no emocionan; y los defensores del nuevo formato se amparan en que los clímax deben tener más ritmo. Es curioso, porque en realidad no es que pase mucho más de lo habitual, pero el montaje elegido hace que la causa y la consecuencia se muestren a continuación o casi. En una obra en la que seguimos a varios personajes separados geográficamente y en la que la narración no es perfectamente cronológica, salvo que se nos diga cuánto tiempo ha pasado, no tenemos forma de saber cuánto ha sido. Los personajes de Tronos no han empezado a teleportarse. Antes partían en un episodio y no sabíamos nada de ellos hasta cuatro capítulos después; ahora nos enseñan la salida de un sitio y la llegada al otro en el mismo episodio. A veces en la escena siguiente. Pongamos por caso ese momento en que Bran, con su consciencia metida en unos cuervos, espía al Rey de la Noche y, preocupado, decide enviar cartas a distintos lugares para avisar de su aproximación al Muro. Si esto hubiera pasado en el primer episodio y las cartas hubiesen llegado a su destino dos o tres episodios después, la sensación habría sido muy diferente. No es que hayan empezado a teleportarse, es que se ha reordenado la narración para que causa y consecuencia resulten más evidentes, para producir la sensación de que se van resolviendo las cosas.

Calma, Desdentao, calma… Te voy a dar una caricia y luego vamos a buscar a Astrid, ¿vale? A Dany, digo. ¡Uy, el lapsus!
© HBO 2017



Esto, por un lado, puede ser más ameno; por otro, transmite menos. Con el formato que Juego de tronos usaba antes, muchos hechos se dejaban madurar y crecían en las mentes de los espectadores. La nueva estructura que ametralla acciones, sinceramente, me resulta bastante aburrida. Los hechos se presentan y se resuelven sin pausa, y las tramas no llenan y no calan.


Juego de tronos ha dejado atrás esos largos diálogos, donde residía gran parte de su fuerza (aunque quedó alguno, como la despedida de Olena Tyrell o alguna reunión de Dany con sus consejeros), para mostrar un enorme despliegue de efectos especiales y escenas de combate. La clase de enfoque que, hasta hace no mucho, era casi exclusivo del cine, que era donde un creador podía permitirse tal despliegue. El problema es, claro, hacerlo a costa de los aspectos donde el producto destacaba, los que lo hacían grande.


¿Se han dado todos un golpe en la cabeza?

No sé si les han echado algo en el agua o todos sufren una extraña conmoción cerebral, pero repentinamente muchos personajes parecen haber cambiado bastante. ¿Recordáis cuando Tyrion era inteligente? Not anymore. ¿Cuando Cersei no era capaz de articular un pensamiento más complejo que decidir qué iba a cenar? Not anymore. ¿Cuando Bronn era un tío movido únicamente por la pasta? Not anymore. ¿Cuando las Serpientes de Arena no eran idiotas? Ay, disculpad; eso en la serie nunca pasó.


Reconozco que de todos los cambios un poco drásticos solo me ha gustado la templanza recién adquirida por Cersei, a la que parece que pasearse en pelotas por Dubrovnik y deshacerse de sus enemigos más próximos le ha sentado de maravilla. Cersei parece ser, al fin, el personaje que creía ser hace años. Cersei se ha convertido en una candidata al trono potente, inteligente y, gracias a R’hllor, interesante.


Daenerys parece haber recuperado la adolescencia de golpe, quizá afectada por el mismo bacilo que tanto tiempo sometió a Cersei, y ha encadenado una serie de decisiones desastrosas, algo caprichosas y de moralidad cuestionable. Si tuviese que decidir basándome solo en lo visto en esta temporada, diría que Cersei es mejor candidata al trono que la Targaryen, la verdad.

—A ver, niño, ¿cómo te digo esto? Hinca la puta rodilla de una vez, cojones ya.
© HBO 2017



Tyrion, el brillante estratega cuya inteligencia siempre se ha alabado, se ha olvidado de que lo era, y ha encadenado algunos diálogos bastante vergonzosos (no sé cuántas veces ha repetido que estaba todo el tiempo borracho, pero juraría que en algunos capítulos no dijo otra cosa) y ha diseñado unos planes ilógicos completamente movido por el corazón. Lo peor de todo es que el Gnomo reconoce ante Jon saber que es un plan de mierda. Bueno, no; lo peor de todo es que ni Davos, ni Varys (el informadísimo de Poniente) ni nadie le cantan las cuarenta.


Arya ha tenido algunas escenas tan cutres que parece que la hayan entrenado en Dorne. Me he pasado toda la temporada rezando a los Dioses Antiguos para que todo fuese un engaño que hiciese que Meñique moviese ficha y descubriese sus insidias (y así ha sido), pero contando los poderes que tiene Arya incluso esa posibilidad es un poco cutre. Arya, la que se carga familias enteras; Arya la que viste rostros… haciendo bullying a su hermana durante casi siete horas. Ay, señor. Se hizo duro, la verdad.


Arqueros contra caminantes

Sé que ya he avisado de que se avecinaban spoilers, pero este epígrafe entero es la madre de todos ellos, así que si no habéis visto la temporada quizás de verdad prefiráis absteneros de leerlo.

—Un plan brillante, Jon…
—Mira, Thoros, como no te calles te vamos a dejar aquí.
© HBO 2017



El caso es que en un momento un poco absurdo, los siete magníficos (Jon, Tormund, El Perro, Beric, Thoros, Jorah Mormont y Gendry) y un grupo de minions sin nombre cruzan el Muro para capturar un no muerto y mostrárselo a Cersei para convencerla de que la guerra entre humanos debe ser detenida hasta que se resuelva esto. ¿Quién no se fiaría de la palabra de Cersei? No, a ver, ¿quién? Pues el caso es que cruzan el Muro, atacan a unos no muertos, pero cuando matan a un Caminante ven que un montón de no muertos caen en pedazos. Contando que hay un puñado ínfimo de Caminantes y que al destruirlos se esfuman los no muertos a sus órdenes, parece que con las minas de obsidiana y un grupo medio grande de arqueros no va a haber gran problema. Claro que ahora los Caminantes tienen un dragón, aunque al menos no es el grande que estaba quieto, y sobre el que estaban todos los humanos, no; es otro, que tampoco era plan de reventar la serie.


Lo de Euron

¿Le ha pasado a la serie algo peor que este pichabrava arrogante y sin carisma? Creo que Euron es peor que el filtrado de los capítulos y que los larguísimos meses de espera hasta que llegue la temporada final. Ha sido presentado tan rápido y tan cerca del final que dudo que le importe a alguien. Ha llegado tarde, es un personaje que sobra, que no transmite.

—Ya verás Cersei, que soy mu' malo y estoy mu' loco
© HBO 2017



Joffrey y Ramsay podían ser tan cabronazos como él, incluso peores; pero nos los presentaron con tiempo. Dejaron que nuestro desprecio madurase y produjese un destilado especial, personal para cada espectador. Euron no, Euron llegó y aplastó en quince minutos. Por eso, quizá, cada escena en la que aparece es una pedrada al texto: a nadie le importa, nadie se siente alcanzado por él. Es como cuando un máster en una partida de rol usa el dedo de Dios para forzar una situación o matar a un personaje. Euron representa todo lo que está mal en una narración.


Lo de Sansa

Esto es a lo último que voy a hacer referencia en esta entrada. No es tanto problema de la serie como mi valoración sobre el fenómeno Sansa. Esta temporada ha ganado un montón de fans y, quizá por el sesgo de la gente a la que sigo en twitter, apenas he leído a sus detractores, aunque por la insistencia con que se les criticaba, supongo que siguen existiendo y que son tan encarnizados como siempre.


La verdad es que en esta guerra estoy en la Hermandad sin Estandartes. No creo que hasta el momento Sansa haya sido un personaje demasiado estimable, más allá de la pena que nos pueda haber dado la sucesión de penurias por la que ha pasado. Parecía que su gran logro era ser la Stark a la que mejor se le da la política; pero era un logro bastante menor, porque Jon, Bran y Arya eran cualquier cosa menos personajes de corte. Durante gran parte de esta última temporada Sansa no acabó de ser capaz de explotar las virtudes y aprovecharse de los defectos de los demás, aparentemente guiada por la ambición de un posible reino propio (que Arya le recrimina cual matona de instituto). Sansa, en ese aspecto, se parecía más a Robb, un mal Stark, que a los demás. Uno está dispuesto a perdonar errores y tonterías cuando están motivadas por buenas intenciones, pero la avaricia de Sansa, o su absoluta incapacidad para gestionar los ánimos revueltos (lo que negaría su saber hacer político) no caló tan bien, como debería haber pasado con la traición a la palabra dada de Robb que pone en peligro a todos. No obstante, la resolución de la trama de Arya y de Sansa ha salvado los bártulos de ambas con bastante acierto y la brújula moral Stark de Sansa ha sobrevivido a la temporada, con lo que espero que las críticas hacia ella vuelvan a la gruta del odio irrazonado.

—Tengo un plan, pero para llevarlo a cabo tenemos que parecer tontas de remate 24/7.
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Los Stark no son personajes avispados; pero casi todos son honorables por encima de su seguridad. Jon y Eddard incluso mueren por hacer lo que consideran honrado, lo que despierta, en general, simpatía por ellos. Pese a su falta de astucia, se aprecia su intención noble. Estamos ante el caso de si solo importa ganar o si importa cómo se actúa; ante las dudas de si el fin justifica los medios y de si en política vale todo. Estamos, en definitiva, ante una cuestión de formas, como cuando Tyrion le destaca a Dany que no puede ser como los anteriores, que no puede ir por ahí quemando a la gente con los dragoncitos; porque eso es la vieja política, los viejos errores, el reinado de la violencia. Esto se aplica a todos. No trata de vencer, sino de cómo vencer; no de reinar, sino de cómo reinar. Habla de moral, lo que probablemente entronque en el ser humano contrario al Rey de la Noche, el fuego contra el hielo y el bien contra el mal. La fantasía heroica de toda la vida que viene a cerrar las tramas en su caballo blanco del verano.