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viernes, 30 de junio de 2017

El conde de Montecristo - Alejandro Dumas con Auguste Maquet

Edmundo Dantès tenía una prometedora vida por delante: joven, recién nombrado capitán de un buque mercante, con un patrón que lo respeta, un padre que lo adora y prometido a una mujer que lo ama. Dantès lo tiene todo. Pero las envidias de Danglars, quien por antigüedad se creía con derecho a la capitanía del buque, y de Mondego, otro enamorado de la prometida de Dantès, llevan a denunciarlo como agente bonapartista ante la pasividad de un tercer implicado, Caderousse, por haberse detenido en la isla de Elba y aceptar llevar una carta para el señor Noirtier en París. Dantès acaba así preso en el Castillo de If, donde aún recurre al procurador del rey, Villefort, para que investigue el caso y lo libere; pero este, hijo de Noirtier, cuando descubre la verdad, decide que es mejor dejar a Dantès encarcelado de por vida.


Edmundo, que lo tenía todo, no tiene ahora nada salvo el encierro y la desesperación; pero el azar lo lleva a conocer al abate Faria, otro preso que intenta abandonar la prisión cavando un túnel, y del que los guardias dicen que está loco porque siempre ofrece un gran tesoro a cambio de su liberación. Estas dos almas abandonadas se entregan la una a la otra, y el abate instruye al navegante, enseñándole arte, historia, ciencia, idiomas… y, finalmente, le indica dónde encontrar su tesoro.


Castillo de If.
«Si reamente fuese tan rico, no estaría preso —añadió el inspector con la sencillez del hombre corrompido.»
Autor de la fotografía: Stymphal, 2009.

Tras la muerte de Faria, Dantès consigue huir, descubre que durante sus años de presidio su padre ha muerto de hambre y su prometida se ha casado con el conde Fernando (Mondego) de Morcef. Tras encontrar el enorme tesoro, premia a los pocos que lo defendieron y comienza a tramar una venganza lenta, meticulosa, despiadada e imparable.


Acción, acción, acción

Si algo caracteriza a El conde de Montecristo es que pasan cosas constantemente. Las novelas del siglo XIX y anteriores suelen resultar algo lentas para la percepción contemporánea, pero en cuanto se inicia el proceso vengativo de Dantès, el ritmo no da tregua.


El conde siempre tiene cosas que hacer, conversaciones que mantener, gente a la que manipular y acontecimientos que controlar. En todo momento las tramas se mueven sin pausa hacia una conclusión que, guiada por la férrea mano de esta encarnación de la venganza, se antoja inexorable. La trampa, la red de acero que rodea a los sujetos a los que pretende castigar, se cierra poco a poco; evitando que las presas logren liberarse y apretando siempre un poco más, ahogándolos con deleite. La forma en que Dantès mantiene (casi) todo controlado parece efecto de un pacto con el diablo.


«Lo más curioso que hay en la vida es el espectáculo de la muerte.»


Parte de la magia de El conde de Montecristo es cómo, gracias a ese ritmo salvaje, a ese mapa de relaciones tan ambicioso y a esa venganza tan colosal, obviamos los saltos de fe, la frustrante superioridad del protagonista o el exagerado melodrama ocasional. Dumas sabía muy bien lo que hacía.


La fuerza de unos buenos personajes

Parte de la gracia de la obra radica, sin duda, en el amplio y potente abanico de personajes que puebla sus páginas. Si bien Dantès es un gran protagonista, no cabe duda de que sus contados colaboradores y los antagonistas cumplen con nota.


Al inicio de la novela nos encontramos con el padre de Edmundo y con el patrón, el señor Morrel; con Mercedes, Danglars, Mondego y Caderousse. Las dos primeras son presencias paternales, llenas de amor. Hay un esfuerzo por destacarlos como apoyos del protagonista, como personas tiernas y amables que siempre tienen una palabra cálida o están dispuestas a echar una mano al vecino. El padre, además, tiene una pequeña capa de vergüenza a la pobreza que le añade una pequeña sombra de complejidad, enriqueciéndolo. Las cuatro últimas son el verdadero motor de la novela, en unas dinámicas que ya hemos explicado al principio de esta entrada.


En el castillo de If conocemos a Faria y a Villefort. El primero es la luz de la ilustración y, con el paso de las páginas, un nuevo apoyo paternal para este Dantès en formación. El protagonista llega a ser «el conde» gracias al abate: gracias a sus lecciones y a su tesoro. El planteamiento elegido sería inviable sin él. El segundo es la sombra de la vergüenza, de barrer debajo de la alfombra y de quien hace que paguen justos por pecadores. Villefort tiene la reputación de ser un procurador del rey recto y honrado, pero tan pronto le toca de cerca solo es un miserable más.





Años después, con un Dantès inmerso en su proceso vengador, nos reencontramos con un Danglars reconvertido en banquero, que se aprovecha de información privilegiada para jugar con acciones; con una familia que es más estrategia que amor: la mujer infiel que le consigue información (cuando las cosas se tuercen llega a recriminarle sus infidelidades, aunque destacando que nunca se lo ha echado en cara; pero hasta entonces usa la información que proporciona su amante con sumo gusto) y la hija, poco interesada en los hombres, que prometió a Alberto de Morcef aunque no por ello deja de buscar un trato más ventajoso.


El señor Villefort se ha casado con Eloísa tras haber quedado viudo. La hija de su primera mujer, Valentina, enamorada de Maximiliano Morrel, está prometida al barón Fran d’Epinay. El señor Noirtier, tetrapléjico por una apoplejía, vive con ellos, y es cuidado por su leal criado y por Valentina. Eloísa, estimulada por el conde, está dispuesta a que su pequeño hijo Eduardo herede todo.


Los Morrel son la más santa de todas las familias. Dantès salva a su antiguo patrón de la ruina y luego decide proteger, de los contratiempos y en última instancia de sí mismo, a su hijo Maximiliano, que está enamorado de la hija de Villefort.


Por último tenemos a los de Morcef. Fernando Mondego fue premiado con el condado de Morcef por su labor como militar, intachable según él, con la ventaja de que nadie puede contradecir sus palabras. Con su mujer Mercedes, tiene un hijo llamado Alberto, quizá el personaje más vivo, simpático y alocado de la obra; aunque su comportamiento se oscurece cuando se van desvelando las indignidades de su padre, quizá algo influenciado por el efecto tan poderoso que sobre él tienen el conde y Haydeé, prueba viviente de que Fernando no es tan sincero como afirma.

«Eso es lo que se llama un sacrificio de amistad; endosar a otro la mujer que uno no desea sino para querida.»


Otros personajes, como Franz d’Epinay, Luigi Vampa, Beauchamp, los divertidísimos e innobilísimos Cavalcanti, tienen apariciones más puntuales, pero siempre son bien explotados y se les da mucha profundidad. La gestión de personajes de Dumas es soberbia.

Los superhéroes son para críos…

Ni Superman, ni Capitán América, ni Punisher, ni Batman ni nada; mi superhéroe favorito es ahora Edmundo Dantès, que podría ser perfectamente un personaje de Marvel o DC si el autor no tuviese interés en cerrar las tramas y legar una obra cerrada en lugar de un mundo abierto.


El Conde de Montecristo (1998)
Imagen vía ilsussidiario.net

«Fui un insensato —dijo— en no haberme arrancado el corazón el día que juré vengarme.»


Las capacidades del personaje exceden lo verosímil de forma constante, lo que en muchas otras obras sería motivo de emponzoñadas críticas; pero el texto es tan apasionado, la venganza tan ambiciosa y compleja, y el protagonista tan carismático que todo ello se pasa por alto de buen grado, pues la lectura es deliciosa, intrigante y atractiva. Se trata, en esencia, de uno de esos libros que es difícil dejar de lado, uno de esos que anima a leer un poco más y a robar tiempo a otras formas de ocio, completamente absorbidos por la cruzada de Dantès.


No obstante, sus virtudes no evitan que el protagonista y sus sirvientes y esclavos parezcan jugar una liga completamente diferente a la de sus adversarios. Por momentos puede resultar frustrante la asombrosa superioridad del protagonista, porque parece que nada puede hacerle frente. No es solo que su deseo de venganza no pueda ceder ni un ápice y que su fuente de ingresos sea inagotable; es que Dantès es más y mejor que todos los demás: es más inteligente, más sabio, más fuerte, más diestro, más carismático, más adinerado y está rodeado de gente más fiel. El conde es, virtualmente, un dios. Y Dumas centra sus esfuerzos en hacer que el lector disfrute con cada paso del protagonista casi con malévola complacencia, en lugar de jugar con la duda de si será capaz de imponerse a sus enemigos o no.


Y las telenovelas son basura

El conde de Montecristo figura habitualmente en las listas de mejores novelas de la literatura universal, por lo que quizá resulta algo extraño afirmar que es telenovelesco hasta la médula: esa historia de intrigas y venganzas llena de casualidades locas completamente inverosímiles; ese amplio abanico de secundarios que forman un mapa de relaciones intrincadísimo; las pasiones, la extensión, el ritmo… El conde de Montecristo es una telenovela, sí; pero es extraordinaria, perfecta. Es la telenovela del mundo de las ideas.


Como en ellas, los sentimientos son exagerados: el deseo de venganza que consume a Dantès, aunque comprensible, es una fuerza pura e incombustible; late con la fuerza que en mucha narrativa y lírica se da al romance. Dantès desea la venganza como cientos de personajes han deseado el amor, con una pasión que lo consume, lo guía y le da sentido a todo.


Otros personajes viven telenovelas más al uso, pero lo cierto es que incluso el protagonista y su historia llena de intrigas, mentiras y traiciones, y con una felicidad que solo lo espera al final del largo camino, son ingredientes muy reconocibles de la telenovela.


Lo que hace que normalmente se denosten estos ingredientes y aquí se alaben es, por supuesto, el uso tan cuidado que les da Dumas (y quizá, aunque no creo que este sea el caso, la pátina de respetabilidad que da lo clásico).

El conde de Montecristo. Random House Mondadori.

El conde de Montecristo no es una novela al uso. Al tratarse de una publicación en 18 entregas, cada una de ellas intenta tener un ritmo, una entidad; lo que dosifica los momentos densos y permite que haya acción casi en todo momento. Justo cuando acaba con las recompensas, antes de volcarse con su venganza, hay un pequeño cenagal del que le cuesta salir; pero tras él ya no da un momento de respiro, arrastrado todo por esa necesidad obsesiva, por esa acción constante y por ese plan imparable. Un librazo de principio a fin.